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Sin desarrollo rural no hay desarrollo nacional

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Sin desarrollo rural no hay desarrollo nacional

Por Juan David López-Villada

El fracaso que viven los estados latinoamericanos se debe en principal medida a la falta de inversión del estado en el campo y al poco desarrollo industrial del mismo. La falta de estas dos variantes en nuestras sociedades, ha dado como resultado un atraso que se traduce en un fracaso rural, y por consiguiente institucional, que se puede evidenciar en las grandes ciudades con conglomeraciones de pobreza y las grandes acumulaciones de los monopolios y monocultivos en los campos.

Ningún estado moderno exitoso se ha construido o consolidado con instituciones débiles, con agriculturas poco productivas, con estructuras agrarias atrasadas y de escaso dinamismo, con el espacio rural altamente segmentado, excluyendo al grupo social que conforma el campesinado, y sin invertir en políticas estatales que protejan la producción agraria y sus productores. ´

De lo contrario, si los gobiernos y las instituciones no son eficaces y socialmente legítimas, como en el caso colombiano, es imposible que se logren transformaciones que anulen las redes de la corrupción institucional y destituyan los poderes oligárquicos que cambian el bienestar social por la represión estatal. Se necesita un estado fuerte institucionalmente que rompa con el persistente y paralizante circulo vicioso y corrupto que desangran los recursos de la nación.

Para que nuestros estados progresen se necesita un mayor papel promotor por parte del gobierno en la transformación agraria; esta produce condiciones para desarrollo económico en general. Se necesitan gobiernos no oligárquicos para una administración pública efectiva que consolide el empoderamiento del campesino de las zonas rurales, que permita mejorar las condiciones de vida de la población rural. De lo contrario, seguiremos en un círculo de atraso sin salida, donde además de pobreza podremos estar a puertas de la desaparición del cuerpo campesinado tal cual lo conocemos ahora.

La presión sobre la propiedad de la tierra ha dejado al campesino sin ella, creando grandes emigraciones a las ciudades super pobladas que ahora tenemos en la región; ciudades llenas de desplazados, de desempleados, de pobreza, de hambre y capital humano subutilizado, arrancado de sus raíces, de su pasado, excluido del “modernismo y del progreso” del presente y del “aliciente y prometedor” futuro.

El sistema inequitativo de tenencia latinoamericano actual, donde el 1% posee el 60% de la tierra cultivable y el 100% de las tierras más productivas, están acabando con el campesino y lo están convirtiendo en una nueva figura totalmente desarraigada, sin identidad social y vulnerable al servicio de las multinacionales y sus extensos monocultivos. Por consiguiente, el acto de destrucción de la clase campesina se constituiría en el acto final de la democracia, ya que es este la más fuerte resistencia al consumismo; desintegrando las sociedades campesinas se amplía el mercado, de esta forma el capitalismo se puede reproducir sin ninguna atadura al pasado y ningún aprecio a la naturaleza, ya que la agricultura moderna ya no lo necesita.

Sin consolidación de los campesinos, donde ellos mismo se autorreconozcan y se empoderen de sí mismos y de sus tierras, y sin un estado regulador de las tierras que impulse las políticas y la tecnología agraria, nuestras “democracias” seguirán estando arrodilladas al servicio de las multinacionales mientras estas continúan enriqueciéndose.

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Las ideas y opiniones aquí expresadas son responsabilidad de sus autores y no reflejan los puntos de vista de mioriente.com

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